Una renovación que nunca llegó

La inesperada eliminación en penales ante Rusia supuso el fin de una década prodigiosa que comenzó en 2008 con la segunda Eurocopa de la historia del fútbol español. En aquel momento el gol de Torres dio lugar a cuatro años espectaculares, que rozaron la perfección en muchos compases.

España logró en 2010 la cima del universo en Johannesburgo. Iniesta hizo el gol de todos y La Roja, por fin, consiguió el ansiado Mundial que tanto añoraba. Fue el momento más importante a nivel de selecciones de la historia del fútbol nacional, un momento que fue posible gracias a un estilo significativo que empezó a construir Luis Aragonés justo después de la eliminación en el Mundial de Alemania allá por 2006.

La selección ganó por inercia dos años después en Kiev, ajusticiando a Italia con un 4-0 para la posteridad y logrando un histórico triplete jamás conseguido por ninguna otra selección europea antes. Ni la superpotencia de Alemania pudo hacer conseguir tal hazaña en sus años mozos donde ganaban todo lo que se les ponía por delante.

Justo después de ese gran choque en Kiev, la selección comenzó una transición incapaz de completar hasta la fecha. Un año justo después, Brasil le dejó sin la Confederaciones en Maracaná. El 3-0 en la finalísima supuso el primer gran aviso de que el combinado nacional necesitaba retoques ineludibles para seguir reinando.

Los retoques no llegaron y se plantaron en Brasil con la misma escuadra, prácticamente, que había reinado en Kiev y había salido vapuleada en Maracaná. El desenlace fue tormentoso: goleada de Holanda en el primer acto. Chile nos pintó la cara en el segundo, y nos dejó sin opciones ante la cenicienta del grupo, Australia.

España, sin capacidad alguna para resolver encuentros, se fue de Brasil a las primeras de cambio. Un accidente inesperado, impropio de una Selección que venía de ganarlo todo.

Dos años después llegaba la Eurocopa de Francia, y las expectativas volvían a ser muy altas. En el equipo ya no estaban muchos de los grandes jugadores (Xavi, Xabi Alonso, Puyol, Villa, Torres, etc.), aunque sí seguían otros como Iniesta, Ramos, Silva, Piqué, Casillas o Busquets, que debían  tomar la batuta de una selección que quería volver a reinar en el Viejo Continente.

El fracaso volvió a ser real. Italia, cuatro años después del varapalo que sufrió, se vengó del combinado dirigido por Del Bosque y mandó a la selección a casa en octavos. Un fiasco más, duro por cierto, para una selección que era incapaz de encontrar la renovación necesaria para volver a colarse entre las mejores del mundo.

Y tras el varapalo en Francia, llegaron los dos años buenos de Julen que acabó de las peores maneras: con éste cesado por Rubiales tras el escándalo por su fichaje por el Real Madrid, con Hierro en el banquillo sin capacidad alguna para tomar decisiones y con un equipo frustrado, aferrado en un estilo que brilla por su ausencia.

Un estilo que marcó el camino de la victoria pero que ha quedado desfasado por la mala costumbre de no sé quién que creyó que tocar la pelota sin ocasiones era jugar bien al fútbol.

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