El principio del fin

Tras ver el último capítulo de Narcos con Pablo Escobar no me queda otra cosa que decir que ‘chapeau’. La actuación de Wagner Moura, que tuvo que aprender español antes de hacer el papel del mayor narcotraficante de la historia, y la dirección de Chris Brancato, que supo narrar y sintetizar con maestría casi una década entera en menos de 20 horas de metraje, solo pueden recibir calificativos positivos.

La historia en sí es golosa: drogas, dinero, traiciones, venganzas y muertes. Un coctel que acaba enganchando a cualquier espectador con o sin gustos refinados. Si ya me gustó (y me gusta) en House of Cards esa cuarta pared o cuarta pantalla realizada por el protagonista de la serie, Frank Underwood (Kevin Spacey), rompiendo por completo esa cuarta pared y dirigiéndose al público para explicar sus intenciones o compartir sus pensamientos respecto a otros personajes, más me gusta cuando un filme es explicado por algún personaje en primera persona. Steve Murphy (Boyd Holbrook) tiene dicha función, explicando con pelos y señales lo sucedido, no dejando un cabo suelto y sintetizando los hechos para no abundar de información innecesaria al espectador. Además, su actuación, junto a la de su compañero Javier Peña (Pedro Pascal), es brillante.

Narcos mezcla ficción con realidad, otra característica destacable de la serie. Las recreaciones, respecto a la realidad, alcanzan un nivel de parecido inmejorable. Los vídeos ayudan para contextualizar al espectador, muestran la realidad de lo ocurrido en Colombia, que no es poco, y conciencian a los más jóvenes de que ser narco o un ‘bandido’, por así decirlo, no es tan ilustre como así lo pintan y las consecuencias, después de una vida de rey, acaban siendo horribles.

Brancato también muestra, y lo hace para mi gusto lucidamente, la cara B de Pablo Escobar. Sí, un tío que es considerado el narcotraficante más peligroso del mundo, buscado por todos los policías de Colombia y por la DEA estadounidense por sus fugas y numerosos asesinatos (más de 3000 personas), tiene un lado bueno, donde siente compasión por los suyos y llora sin vergüenza ni arrepentimiento por aquello que pudo hacer mal en el pasado. Incluso acaba siendo justo con su padre, del que no se supo nada hasta el final de los días de Escobar y que no quiso nada con su hijo por considerarlo un asesino.

La época dorada de las series necesitaba una guinda final al pastel y, posiblemente, Narcos es esa guinda. El principio del fin de una serie que continúa pero donde Escobar no tendrá cabida, por desgracia para todos los espectadores que acabaron sintiendo empatía con un narcotraficante que luchó, según él, contra la injusticia y la corrupción de los burócratas de su país.

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