Bridge of Spies: La nueva obra maestra de Spielberg

No es malo volver al pasado y con Bridge of Spies retrocedemos, nada más y nada menos, más de medio siglo. La brillante película dirigida por Steven Spielberg nos introduce de lleno en el contexto de la ‘Guerra Fría’,  en el comunismo soviético y el capitalismo americano,  en la partida de ajedrez más larga y agónica de la historia. 

En 1945, tras la II Guerra Mundial,  el mundo quedó dividido en dos. En dos potencias que lo querían ganar y obtener todo,  y se prolongó hasta tal punto que el mundo sigue siendo mundo porque ellos (soviéticos y americanos) así lo decidieron.  Eran años de angustia constante,  con una Alemania en medio de la partida que quedó dividida en dos: RFA (Alemania Occidental) y RDA (Alemania Oriental).  Es en Berlín,  la ciudad del famoso ‘Muro de la Vergüenza’,  donde el mundo quedó fragmentado y es allí, precisamente,  donde la trama de Spielberg,  llevada a la perfección por un genial y esplendido Tom Hanks,  tiene lugar.

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FOTO: loscritters

Tom Hanks interpreta a James Donovan, un abogado especialista en seguros que le proponen de un día para otro defender a Rudolf Abel (Mark Rylance) —papel magistral también el del británico—, acusado de ser espía soviético. El rechazo por parte de la sociedad —ya sabemos que entonces en Estados Unidos se perseguía hasta la saciedad a soviéticos comunistas,  comunistas a secas,  socialistas, anarquistas, entre otros— es unánime y la familia de Donovan teme por su seguridad.  Al mismo tiempo que sucede eso en Estados Unidos,  un piloto es detenido por sobrevolar la Unión Soviética, por lo tanto la misión de Donovan será la de llegar a un acuerdo con la URSS para que acepte un intercambio: hombre por hombre.

La operación, nada sencilla,  se complica porque al mismo momento en Alemania Oriental se ha detenido a un joven estudiante norteamericano que es acusado de espionaje.  Donovan viajará hasta el ‘epicentro del mundo’ en ese momento de la historia (Berlín) para hacer de mediador y lograr un intercambio (casi) imposible: estudiante y piloto por Abel. ¿Lo conseguirá?….

Dejando a un lado la trama,  me gustaría centrarme en algunos puntos que me han llamado la atención y no quiero dejar pasar de largo.  Todos sabemos que Hollywood fue, es y será el mejor escenario propagandístico del que se puede servir Estados Unidos.  Lo fue en la II Guerra Mundial,  pasó durante la Guerra Fría y lo ha sido en el cine contemporáneo. De ahí a que Spielberg y sus ayudantes,  lleven al máximo ese afán de superioridad en todos los puntos posibles; como diciendo en todo momento “nosotros somos los más demócratas,  los más humanos. Nosotros, ante todo,  tenemos leyes y nosotros las respetamos, por eso el capitalismo es lo que vale y el comunismo no”.  Esto último no es parte de alguna frase de la película,  es un pensamiento crítico propio de lo que refleja el filme de Spielberg.

El director allana bastante lo que sucedía entonces en Estados Unidos.  Tiempos en los que aún estaba presente la época dorada del Senador McCarthy conocida como el Macarthismo, desterrado por los suyos, más bien por Eisenhower (1953-1961), tras un largo tiempo persiguiendo noche y día a supuestos espías soviéticos y comunistas, incluso en el propio ejército de los Estados Unidos.

Spielberg al mismo momento que reduce, lo máximo que puede, los actos ilícitos que por descontado realizó su país en aquella época, ensalza sin pudor las ‘malas formas’ de los soviéticos: el trato de los comunistas hacia el piloto norteamericano solo es equiparable a la cárcel de Guantánamo.  Lo mismo que la representación de la Alemania Oriental: pobre y destruida,  lejos de su homóloga que parece que vive mejores tiempos.

Obviando ese toque de afán por ser el mejor,  Spielberg construye una obra fílmica brillante. Deja a un lado la acción que siempre acompaña a este tipo de películas, para centrarse de lleno en una historia real con parsimonia y elegancia.  Nos presenta una apasionante película clásica tanto en su fondo como en su forma. Un filme de algo más de dos horas que alcanza la exquisitez estilística: solidez narrativa,  carente de efectos visuales que mareen al espectador,  ausencia de trucos malabares absurdos,  sin cortinas de humo incongruentes que pusiesen en entredicho un guion que roza la perfección. Sin giros inesperados que conviertan una película de espías y clásica en un trabalenguas indescifrable. Además, Tom Hanks y Mark Rylance brillan con luz propia. Su clima, su tono, su aroma, su textura,  todo remite al cine clásico.

Un filme que narra con elegancia y brillantez una de muchas historias que vivió el planeta en una época donde el mundo quedó estancado en un eterno jaque entre dos bandos.

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